miércoles, 1 de abril de 2026

Josefa Tomasa Rojas y Bueno, "Tomasa la Chiclanera": Una Saludadora Andaluza en el Ocaso del Antiguo Régimen. Aportación a la Historia de la Naturopatía desde la Figura de los Saludadores

Resumen

El 13 de agosto de 1799, en la localidad cordobesa de Lucena, el comisario inquisitorial tomaba declaración a una mujer detenida. Su nombre era Josefa Tomasa Rojas y Bueno, conocida popularmente como "Tomasa la Chiclanera". Cuando se le preguntó por su oficio, ella respondió con firmeza: "que era saludadora". Este breve episodio, registrado en los archivos de la Inquisición, nos abre una ventana a un mundo fascinante: el de los saludadores, figuras populares que durante siglos ejercieron una práctica de curación basada en el aliento, la saliva y ciertos conocimientos empíricos, y que constituyen uno de los antecedentes históricos más directos de la Naturopatía en España.

Este artículo, de carácter histórico-onomástico, rescata la figura de Tomasa la Chiclanera y la sitúa en el contexto más amplio de los saludadores, analizando:

  1. La definición y origen de los saludadores: Provenientes del latín salutator-oris, el saludador era aquel que "restaura la salud", es decir, "dador de salud". Surgieron en la España de los siglos XV al XX, trascendiendo todas las clases sociales.
  2. La capacitación y regulación de su oficio: A diferencia de otros curanderos, los saludadores estaban en cierto modo admitidos por la Iglesia, que les otorgaba licencias tras un examen. Existían examinadores públicos, como en Valencia, donde las pruebas incluían curar perros con rabia o apagar barras de hierro candentes con la lengua.
  3. Su reconocimiento social y económico: Los saludadores eran contratados por ayuntamientos y concejos, percibían salarios anuales en dinero o trigo, y en ocasiones estaban exentos de impuestos. Se conservan contratos de villas como Madrid (1495), Nájera (1456), Enguera (1621) y numerosos pueblos de Álava, Guipúzcoa y Soria.
  4. Su relación con la Inquisición: Aunque perseguidos cuando se les acusaba de pacto con el demonio, los saludadores que utilizaban únicamente su aliento y su saliva, sin supersticiones, no eran procesados. El caso de Tomasa la Chiclanera se inscribe en este contexto de vigilancia inquisitorial sobre las prácticas curativas populares.

Palabras clave: Saludadores, Josefa Tomasa Rojas y Bueno, Tomasa la Chiclanera, historia de la Naturopatía, antecedentes profesionales, Inquisición, curación popular, rabia, oficios sanitarios, Corpus Naturopaticum.

1. Introducción: Los Saludadores como Antecedentes de la Naturopatía

La historia de la Naturopatía no comienza con Benedict Lust en 1896, ni siquiera con los grandes higienistas del siglo XIX. Sus raíces se hunden en tradiciones milenarias de curación natural que han acompañado a la humanidad desde sus orígenes. En España, una de las manifestaciones más interesantes de esta tradición es la figura del saludador.

El término "saludador" (o "salutador") proviene del latín salutator-oris y designa a aquel que restaura la salud, el "dador de salud”. Surgidos en el contexto cultural y antropológico de la España de los siglos XV al XX, los saludadores fueron figuras bien consideradas socialmente, a pesar de los procesos inquisitoriales que en ocasiones sufrieron. De origen popular, trascendieron a todas las clases sociales, sin excluir a la realeza.

El caso de Josefa Tomasa Rojas y Bueno, "Tomasa la Chiclanera", detenida por la Inquisición en 1799, es un ejemplo paradigmático de estas figuras en el ocaso del Antiguo Régimen. Su declaración —"que era saludadora"— es un testimonio de la pervivencia de un oficio que, a pesar de los avances de la medicina, seguía siendo demandado por las poblaciones rurales y urbanas.

2. Definición y Origen de los Saludadores

2.1. ¿Qué era un Saludador?

El saludador era un sanador popular cuya principal herramienta terapéutica era su aliento y su saliva. Mediante el soplo y la aplicación de saliva sobre las heridas, especialmente las producidas por mordeduras de perros rabiosos, pretendían curar o aliviar el mal. También utilizaban, en algunos casos, alcohol, vino, hierbas y ciertos procedimientos rituales.

Su campo de actuación privilegiado era la rabia (hidrofobia), una enfermedad temida y casi siempre mortal que la medicina oficial no sabía tratar. Pero también curaban otras dolencias: lamparones (escrófula), heridas, mordeduras de otros animales, y en ocasiones "saludaban" a los ganados para protegerlos de epidemias.

2.2. Origen y Evolución Histórica

El primer dato historiográfico documentado sobre un saludador en España data de 1483, en la villa de Madrid, donde se pagaron 10 reales a uno que vino a "saludar a varias personas que avía mordido un perro que rraviava". En 1495, Madrid contrató a Juan Rodríguez de Palacio, vecino de Getafe, para que sirviera como saludador de la villa a cambio de un cahíz de trigo anual.

A lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, los saludadores se extendieron por toda la geografía española. Aparecen en los tratados antisupersticiosos de Fray Martín de Castañega (1529) y Pedro Ciruelo (1556), quienes critican duramente sus prácticas. En Álava, Navarra, Valencia, Murcia, Soria, Madrid y otras regiones, los ayuntamientos contrataban sus servicios, pagándoles salarios en dinero o en especie.

El Catastro de Ensenada (mediados del siglo XVIII) registra la existencia de saludadores en numerosas localidades, con utilidades anuales que oscilaban entre los 45 y los 550 reales. En Madrid, existía incluso un "Gremio de Saludadores" inscrito en el Registro de Oficios.

3. La Capacitación y Regulación del Oficio

3.1. La Licencia Eclesiástica

Una de las características más singulares de los saludadores es que, a diferencia de otros curanderos, estaban en cierto modo admitidos por la Iglesia. Los obispos o el Tribunal de la Inquisición les proporcionaban una licencia tras un examen. Así lo establecían sínodos diocesanos, como el de Pamplona (1581) y el de Cuenca (1626), que determinaban que no se consintieran saludadores sin la preceptiva licencia eclesiástica.

En 1663, un visitador eclesiástico de la parroquia de Erenchún (Álava) mandó: "damos comisión al cura para que repela y eche del dicho lugar y los demás de este arciprestazgo de Eguilaz donde supiere anda la dicha saludadora, y no la admita a exercer el dicho oficio en que se ocupa hasta que parezca ante el ordinario a ser examinada del dicho oficio" .

Los exámenes comprobaban, más que la capacidad curativa, que el poder del saludador no proviniera de un pacto con el demonio.

3.2. Los Exámenes Públicos

En la ciudad de Valencia existieron durante los siglos XVI y XVII examinadores de saludadores, funcionarios públicos designados por las autoridades. Las pruebas consistían en curar a perros enfermos de rabia utilizando la saliva y, además, en apagar una barra de hierro y un trozo de plata candentes poniendo la lengua sobre ellos. Superadas estas pruebas, los aspirantes obtenían su licencia, prestaban juramento y quedaban habilitados para ejercer.

Un ejemplo es Joan Sans de Ayala, nombrado saludador de Valencia, sin salario, aunque con el privilegio de llevar y tener en su casa las armas de la ciudad.

3.3. El Intrusismo Profesional

Ya en el siglo XVIII existía el problema del intrusismo. En Murcia, el 30 de enero de 1703, el saludador Fulgencio Sevilla, que poseía licencia del Ayuntamiento, denunció a un tal Miguel del Olmo, "que sea introduzido de pocos días a esta parte a ejerzer la misma facultad, no la use”. El Ayuntamiento exigió al intruso que presentara sus documentos y, al no poder hacerlo, ordenó que un regidor procediera a examinarlo.

En 1712, Sevilla volvió a quejarse, "pidiendo la supresión de tales excesos”, lo que demuestra que el intrusismo era un fenómeno recurrente.

4. Josefa Tomasa Rojas y Bueno, "Tomasa la Chiclanera"

4.1. El Contexto de su Detención

El 13 de agosto de 1799, en la localidad cordobesa de Lucena, el comisario inquisitorial tomaba declaración a Josefa Tomasa Rojas y Bueno, conocida como "Tomasa la Chiclanera". Se la había detenido y se le preguntó por su oficio. Su respuesta fue clara y rotunda: "que era saludadora”.

Este breve registro nos sitúa en el ocaso del Antiguo Régimen, cuando la Inquisición aún ejercía su vigilancia sobre las prácticas populares, pero también en un momento en que la figura del saludador comenzaba a declinar ante el avance de la medicina.

4.2. ¿Quién Era Tomasa la Chiclanera?

Desconocemos muchos detalles de su vida. Sabemos que era natural de Chiclana de la Frontera (Cádiz), de ahí su apodo, y que en el momento de su detención se encontraba en Lucena (Córdoba). Era mujer, lo que no era excepcional, pues muchas saludadoras ejercieron el oficio. En Enguera (Valencia), en 1631, Josefa Medina ejercía como saludadora. En Viana (Navarra), María Almarza fue contratada durante la primera mitad del siglo XVII. Y en Álava, en 1605, el concejo de Lagrán pagaba a una saludadora dos fanegas y media de trigo al año.

4.3. Significado de su Declaración

La declaración de Tomasa —"que era saludadora"— no era una simple afirmación. Era la reivindicación de un oficio reconocido, con tradición, con licencias eclesiásticas, con contratos municipales y con un estatus social que, aunque ambiguo, le otorgaba cierta legitimidad. Al declararse saludadora, Tomasa se situaba en una tradición centenaria, al mismo tiempo que se defendía de la acusación de hechicería o brujería que la Inquisición podría haberle imputado.

4.4. El Papel de la Inquisición

La Inquisición vigilaba a los saludadores, pero no los perseguía a todos. Los que empleaban oraciones cristianas, persignaciones, estampas religiosas o invocaciones a santos, podían ser procesados por superstición. Los que, como Tomasa, se limitaban a soplar y aplicar su saliva, estaban en un terreno más seguro. Como escribió el canónigo salmantino Pedro Ciruelo a mediados del siglo XVI, los saludadores "fingen ellos que son familiares de San Catalina o de Santa Quiteria y que estas santas les han dado virtud para sanar de la rabia".

La Inquisición investigaba si el poder del saludador provenía de un pacto con el demonio. Si no era así, podían ejercer, aunque siempre bajo la vigilancia de la Iglesia y las autoridades civiles.

5. El Reconocimiento Social y Económico de los Saludadores

5.1. Contratos Municipales

Los ayuntamientos contrataban a los saludadores para que atendieran a los vecinos y a sus ganados. En 1495, Madrid contrató a Juan Rodríguez de Palacio, saludador de Getafe, "por desde Nuestra Señora de agosto en un año con salario de un cahíz de trigo, con que sea obligado de venir cada vez que la villa le llamare”.

En 1621, el Ayuntamiento de Enguera (Valencia) abonó 4 libras anuales a Alfonso de Medina y le nombró saludador "para que los que sean mordidos por perros rabiosos los cure con su saliva”.

En 1631, el cabildo municipal de Jaén pagó a Juan de las Peñas veinticuatro reales "por el beneficio público que hace con la gracia que Dios le dio y salud de los ganados, el qual a de asistir todo este año”.

5.2. Salarios y Privilegios

Los salarios variaban según el tamaño de la población y el número de cabezas de ganado. En Cabanillas de la Sierra (Madrid), con 41 vecinos, pagaban 45 reales al año. En Chinchón, 400 reales; en Guadarrama, 130; en Moralzarzal, 100.

Algunos saludadores gozaron de privilegios especiales. José Méndez, saludador de Villa del Prado (Madrid) a principios del siglo XVIII, estuvo exento, como los nobles y eclesiásticos, de pagar la mayoría de los impuestos durante años. En 1894, el Ayuntamiento de Ibahernando (Cáceres) acordó animar a los pueblos limítrofes a pagar a un hombre para que sustituyera en el servicio militar a Felipe Cancho, saludador, porque era "de gran utilidad a esos pueblos”.

5.3. El Final del Oficio

Hacia mediados del siglo XVIII, el número de saludadores farsantes aumentó de tal forma que las autoridades civiles y eclesiásticas comenzaron a prohibirles ejercer. En Guipúzcoa, las Juntas Generales mandaron en 1743 que las justicias impidieran a los saludadores hacer curaciones. El Real Despacho de 24 de diciembre de 1755 ordenó que "de aquí adelante no se paguen de los efectos de la República maravedís algunos a ningún saludador por salario ni en otra forma”.

A pesar de estas órdenes, los saludadores siguieron existiendo hasta principios del siglo XX. A fines del XIX había repartidos por diferentes barrios madrileños unos 300, de los que más de la mitad eran mujeres. En la segunda década del siglo XX, en algunos pueblos del suroeste de la provincia de Madrid, todavía se utilizaban sus servicios para curar a los ganados.

6. Aportación al Corpus Naturopaticum

La figura de los saludadores, y en particular el caso de Tomasa la Chiclanera, constituye un eslabón fundamental en la historia de la Naturopatía española por varias razones:

Dimensión

Aportación

Ontológica

Los saludadores practicaban una forma de curación basada en agentes naturales (saliva, aliento, agua, hierbas), reconociendo implícitamente la capacidad del organismo para sanar.

Epistemológica

Su conocimiento era empírico, transmitido de generación en generación, y se validaba por los resultados obtenidos en la práctica.

Praxeológica

Su oficio estaba regulado (licencias, exámenes, contratos), lo que indica un intento de ordenación profesional de la práctica curativa.

Histórica

Constituyen el antecedente más directo de la profesionalización de la Naturopatía en España, que culminaría en el siglo XX con figuras como José Castro, Nicolás Capo y la Orden de 1926.

Los saludadores, con su respeto por los procesos naturales, su uso de agentes sencillos y su papel como educadores sanitarios en las comunidades rurales, son los precursores de la Naturopatía en España.

7. Conclusión

La detención de Josefa Tomasa Rojas y Bueno, "Tomasa la Chiclanera", por el comisario inquisitorial de Lucena en 1799, nos ofrece una ventana privilegiada a un mundo fascinante: el de los saludadores, figuras populares que durante siglos ejercieron una práctica de curación basada en el aliento, la saliva y ciertos conocimientos empíricos.

En su declaración, Tomasa no se definió como curandera, ni como hechicera, ni como bruja. Se definió como "saludadora”, reivindicando así un oficio con siglos de historia, con reconocimiento social, con licencias eclesiásticas y con contratos municipales. Era la última defensa de una tradición que, aunque en decadencia, aún tenía vigencia en la España del cambio de siglo.

Los saludadores fueron, en muchos sentidos, los antecesores de la Naturopatía española. Practicaban una medicina natural, basada en agentes sencillos, en el respeto a los procesos del cuerpo y en la confianza en la capacidad de autocuración. Fueron perseguidos por la Inquisición cuando se les acusaba de pacto con el demonio, pero también fueron contratados por ayuntamientos, eximidos de impuestos y considerados "de gran utilidad" para las comunidades.

La Profesión Naturopática trae a la memoria a Tomasa la Chiclanera y a todos los saludadores que, en la oscuridad y el anonimato, mantuvieron viva una tradición de curación natural que hoy, 130 años después de la fundación de la Naturopatía como profesión organizada, sigue siendo el fundamento de nuestra práctica.

Conocer su historia es conocer nuestras raíces. Y conocer nuestras raíces es fortalecer nuestra identidad como ciencia de la salud autónoma, con una historia que no comienza en 1896, sino que se hunde en los siglos de experiencia popular de curación natural.

Referencias

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  16. Naturopatía Digital. (2026). La Historia de la Naturopatía: fundamento para la identidad profesional. Madrid: OCNFENACO.

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